ANTROPOLOGÍA DESDE EL BALCÓN

con No hay comentarios

ANTROPOLOGÍA DESDE EL BALCÓN

En tiempos de confinamiento y cuarentena en la ciudad, cada día que hemos permanecido encerrados en nuestros hogares, se nos ha hecho más evidente la importancia de los balcones como vía de escape física y emocional al aislamiento y la reclusión. En estos espacios, han surgido renovadas forma de vecindad y socialización a caballo entre lo público y lo privado, lo político y lo doméstico, lo organizado y lo espontáneo. Se han revitalizado unas estructuras arquitectónicas minimizadas tanto por exteriores agresivos y ruidosos como por unos interiores, demasiado reducidos, en hogares aislados por climatizaciones artificiales y organizados alrededor de las pantallas, que han virtualizado el contacto con nuestros semejantes.

Desde la Antropología podemos contribuir a la explicación de como nuestros modos de hacer, nuestras necesidades simbólicas, nuestra organización social y en definitiva, nuestra “cultura” tiene una influencia notable en la arquitectura y en la manera de habitar el espacio que no responde solamente a cuestiones técnicas, funcionales o a recursos disponibles, sean estos económicos o materiales.

Para situar este análisis cultural podemos analizar la evolución histórica de los balcones en nuestras sociedades occidentales. Durante el medievo, aparecieron estructuras de carácter militar, como los matacanes, que sobresalían y rodeaban las residencias señoriales. Con el paso del tiempo, estas estructuras fueron perdiendo su función defensiva cuando la guerra se convirtió, durante el Renacimiento, en un monopolio del estado. Sustituyendo a esta arquitectura militar privada apareció un nuevo lenguaje arquitectónico con elementos formales propios, en forma de balcones y escaleras de “honor”, con un fuerte componente simbólico, jerárquico y propagandístico al servicio de las élites, superando el ámbito de lo funcional y práctico que poseían las estructuras defensivas anteriores.

Paralelamente, el surgimiento en el contexto del arte renacentista de la noción humanística de “paisaje”, confirió importancia a estos balcones como lugar de observación y representación, respondiendo a la utopía política y estética de estas nuevas élites urbanas y comerciales.

Durante el Barroco, creció a escala europea y americana el uso de los balcones y la forja. Más tarde, las medidas higienistas del siglo XIX, el auge de la siderurgia en la Revolución industrial y la moda del desplegamiento ornamental del Modernismo generalizó el uso de los balcones en las ciudades europeas, principalmente ligados a la burguesía, hasta un uso más generalizado durante el siglo XX.

En todos estos momentos históricos se puede rastrear el hecho de que los factores ambientales ( clima, materiales disponibles,..) y el grado de desarrollo técnico de la sociedad tuvieron sin duda un efecto directo sobre los tipos de balcones, su decoración y sus usos. Pero sin embargo, no es raro que a condiciones naturales idénticas se correspondiesen soluciones arquitectónicas muy diversas, nacidas de la variabilidad de los condicionantes socioeconómicos, modas, criterios estéticos y culturales que modelaron dichas arquitecturas, sin depender tan solo de factores materiales y ambientales.

Siguiendo esta línea interpretativa que priorizó una explicación “cultural” de la arquitectura, existe un antes y un después de la obra House, form and culture de Amos Rapoport, quien en 1969, apuntó que la forma de la cultura material relacionada con la arquitectura, aún siendo influida por las exigencias medioambientales y funcionales, se compone sobretodo de un conjunto de valores, estilos de vida y símbolos de construcción de las identidades. Su idea pionera fue superar el determinismo físico y tecnológico, que a simple vista guía la construcción de una determinada vivienda, en favor de una visión cultural y multicausal en la cual no se puede reducir solamente la cuestión a un análisis de las formas y la tecnología utilizada. Los individuos disponen, por tanto, de recursos culturales y simbólicos que les permiten manipular su casa para que ésta responda a sus necesidades sociales y comunicativas. En esta visión, más humanista, los habitantes de una casa no serían simples marionetas de su entorno físico a merced del clima, los materiales disponibles, la técnica, la economía, etc.

Si aceptamos entonces que las formas arquitectónicas proyectadas sobre el papel, poseen un componente claramente cultural y simbólico, sería de esperar que este componente se acentúe, aún más si cabe, en el modo como las personas habitan a lo largo del tiempo estas arquitecturas, generando información y vivencias en espacios, que a menudo fueron proyectados para usos diferentes.

Observamos entonces la independencia de los habitantes para apropiarse de la arquitectura, en definitiva, para convertir un soporte físico, la“casa”, en un “hogar”. Vemos como éstos habitantes dotan a las formas arquitectónicas de significado, en función de sus necesidades prácticas, simbólicas o culturales, con posibilidades prácticamente infinitas. Esta vivencia cotidiana de la arquitectura, con resultados a menudo caóticos e impredecibles, expuesta a los cambios y sucesos más extraños y a las permanencias más inesperadas, puede verse reflejada a vista de todos, en el caso de los balcones.

En un mismo edificio, un balcón, puede convertirse en un espacio privilegiado de convivialidad cuidadosamente arreglado, como metáfora del jardín principal de una casa tradicional o por el contrario tomar el rol de balcón interior, o jardín trasero, convirtiéndose en un lugar de almacenaje, casi negligente, al aire libre. En ambos casos puede que nadie tome conciencia del verdadero impacto sobre la ciudad de sus acciones. Pero a menudo sucede lo contrario, cuando de manera consciente los balcones se convierten en espacios de representación y orgullo doméstico con macetas, banderas y mensajes políticos o incluso con aires defensivos renovados cuando se increpa desde ellos a los viandantes que supuestamente eluden las leyes del confinamiento social o se jalea a los considerados “héroes” durante la pandemia, reforzando sentimientos de comunidad o de grupo.

Del mismo modo, los balcones también ejercen, en cierta manera, como un espacio de transición o mediación. Una frontera, más o menos invisible, que cada hogar situaría en un punto y que podría cambiar, aleatoria y periódicamente, en función de necesidades simbólicas que juegan entre lo íntimo y lo privado por contraposición a lo público y abierto, en una especie de representación teatral que filtra lo doméstico hacia la calle e introduce lo público en nuestros hogares.

Como vemos, bien sea como medio de expresión o como frontera difusa entre lo individual y lo colectivo, los balcones son una imagen relevante del paisaje urbano, son “lugares” a tener en cuenta para una antropología de la ciudad, ya que nos proporcionan una valiosa información sobre jerarquías familiares, relaciones de género, gustos estéticos, sentimientos de pertenencia, estatus social o principios políticos.

Kiko Sorolla, antropólogo