BALCÓN PIRATA

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BALCÓN PIRATA

 

Como la “burbuja pirata” (bulle pirate) de Marcel Lachat (1971) o el “andamio” de  Santiago Cirugeda (1998), el balcón, como la galeana, no tiene, ni aspira a tener, una vida independiente. Como el ARN tan de moda con el Coronavirus, la vida del balcón  pende y depende del resto de la casa. Es la dependencia por excelencia. Pero al  mismo tiempo se alonga hacia fuera, vuela sobre la calle, rompe con lo establecido traspasando la mismísima alineación. En eso se parece a la palabra huesped,  palabra con raíz indoeuropea (ghos-(ti)-pot), que significa “extranjero” (ghos-(ti)) y “señor, poderoso” (pot), y que en su deriva latina remite tanto al anfitrión como al visitante. Es pues muy curioso que nuestros balcones, esas pequeñas dependencias que sobresalen del cuerpo principal y que en estos días son las que transmiten nuestros mensajes hacia el resto de la ciudad, se parezcan tanto a esas puntas tan extrovertidas de la corona que nos tienen “hablando solos/as”.

Vicente Díaz